Inicio Columnas COLUMNA | La Araucanía empieza aquí

COLUMNA | La Araucanía empieza aquí

Columna original de noviembre de 2018

Imagen: 24 Horas, vista en El Demócrata

Por Juan Cristóbal Demian*

“La vemos a ella cada noche de cine / El fuerte contra el débil / Líneas que salen y combaten contra la voz vacía que habla.”

Así relata el cantante inglés John Cale una tensa y fría espera ante la catástrofe de la protagonista de su canción “Antarctica Starts Here” (La Antártica empieza aquí), canción que cierra su disco “Paris, 1919”, una poética referencia a un burocrático e inútil voladero de luces que impidió prever un desastre mayor, refiriéndose a la Conferencia de Paz en París de 1919, que consolidó la devastación moral de Europa tras la Primera Guerra Mundial y sentó el precedente de un ascendente desastre que se consolidó en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría y que siendo honestos parece seguir su curso. Por cierto, sólo para el anecdotario local, el disco de Cale mencionado fue publicado en 1973, año que a los chilenos nos persigue por donde vayamos.

La explosión social que hemos visto estos días con referencia a la muerte del comunero mapuche Camilo Catrillanca nos deja con muchas inquietudes, seamos del color político que seamos, y si hay una que unifica a todo el espectro es el pésimo manejo de nuestro Gobierno y de Carabineros en el tema, sin importar el análisis de fondo que tengamos esto es sencillamente impresentable.

Pero si en algo queremos diferenciarnos de quienes sólo se dedican al alegato fácil es entender las causas y comprender lo que está pasando, sin importar qué tan doloroso sea, y es que si no queremos que más desastres vengan, no podemos poner un escritorio sobre un campo de batalla y pretender que meras soluciones de forma arreglen el problema tal como pasó en 1919, mucho menos por miedo o por orgullo.

En primera instancia y como necesidad previa urge sacarse los titulares de una prensa cada vez más ignorante o banal y olfatear ese dejo de hipocresía que reina en ambos lados del conflicto.

Para nuestra institucionalidad, es decir tanto el oficialismo como una parte de la oposición y la corrección política criolla esto es un mero asunto de fuerza policial, luchan contra una voz vacía, como en la canción de John Cale, un ente abstracto que llaman “la violencia”, y por cierto, “el terrorismo”, su problema es distinguir una línea ética de cómo controlar a estos insurgentes sin que haya exceso policial, pero a la vez envían fuerzas de alto nivel de combate porque fuera de su corrección política su sentido común les impide desconocer que hay algo más profundo que “delitos comunes” y mucho menos que estos sean “por tierra”.

Por otro lado, con malicia y estrategia, el sector insurgente de La Araucanía y sus repartidores de panfletos en el resto del país, juegan con el inconsciente colectivo al dar definiciones equívocas y contradictorias del comunero fallecido, un hombre que fue por un lado “inocente”, “víctima” del Estado chileno y la policía, pero que a la vez fue un “weichafe” (guerrero), que dio cara a la tiranía.

Algo no calza de ambas definiciones, en honrar al caído como un combatiente y afirmar que su muerte fue circunstancial a la mera maldad policial hay una maliciosa contradicción en la que nadie parece reparar, ciertamente entre las estrategias de esta nueva insurrección mapuche hay una indeterminación que no calza con la idea romántica que la historiografía oficial nos da de este pueblo, una de heroicos guerreros que enfrentaron al enemigo con el cierto honor de morir con gloria al caer en combate, un honor que esta izquierda radicalizada disfrazada de causa indígena le niega a su mártir Catrillanca, porque si bien le rinden honores de héroe, no pueden (por conveniencia) reconocer que dio su vida en combate directo, ya que por márketing debe venderse la historia del inocente abatido por la espalda y que jamás podría haber robado ni participado de una emboscada armada a Carabineros, curiosa forma de describir las aptitudes guerreras de este “weichafe”.

Pero claro que el Estado chileno es culpable de algo, y no precisamente de hacer lo que puede por defender a tantas personas que intentan seguir adelante con sus vidas en medio del caos, sean latifundistas, camioneros, profesores, descendientes de alemanes o ciudadanos y trabajadores tanto chilenos como decididamente araucanos, porque ojo en esto, sostener la pureza de sangre mapuche en Chile, pero sobre todo en la Araucanía es casi algo voluntario, con la excepción de algunas comunidades, si es que aplica.

El problema, en cambio, de las autoridades y de toda una parte de la sociedad bienintencionada es el miedo a reconocer y decir por su nombre al fenómeno que está pasando en Araucanía, y no es mero “terrorismo”, es una lucha total en un sentido de guerra directa e indirecta por causas políticamente muy claras y con una ideología bien establecida: la negación y erradicación de la autoridad chilena, que es a la vez burguesa, capitalista y occidental.

¿Qué significa esto? Que si se sigue perpetuando el tabú de desconocer las verdaderas motivaciones ideológicas y políticas de la insurrección mapuche, ésta seguirá adelante sus acciones como un fantasma incapturable e impredecible, cuando la única solución es entenderla y adelantarse a ella.

La naturaleza revolucionaria de la “causa mapuche” tiene un fondo y una forma rastreables, el incremento de la violencia política en la zona desde los 90s ha sido denunciado por los propios habitantes de la zona como un fenómeno ‘afuerino’ que empezó a radicalizarse cada vez más, esto porque la cosmovisión mapuche fue vaciada e infectada de un resentimiento político moderno, llevado por activistas de izquierda extrema y aprendido rápidamente por algunos lonkos y otros oportunistas locales para lanzarse a la lucha por el poder, pero un poder que se basa en la presión psicológica y que busca negar por completo toda la estructura política que sustenta la idea del Estado-Nación chileno en la zona, además de su estructura económica.

La forma empleada es la que encontraron estos portadores de revolución anticapitalista en el terreno local, sobre la idea de una disputa de terrenos (con una ley bastante mala de Aylwin al respecto), se ideó todo un imaginario colectivo y romántico de los araucanos o mapuches de la era colonial, se tomó toda su indumentaria y cosmovisión y se decretó que por tanto debía ser una nueva forma de lucha contra el capitalismo, haciendo un básico ejercicio de equiparar al araucano pre moderno con un estado ideal de sociedad sin clases comunista, el truco por cierto lo entregó esta misma izquierda, la cual por su odio a las identidades nacionales ocupa como cazabobos una parafernalia cultural que ellos mismos llaman “performatividad”. Así, como por arte de magia todo el arsenal cultural mapuche, especialmente sus ropas e idioma se convirtieron en actos performáticos para validar una posición de disputa política contra el sistema, por eso es que conscientes de que lo puramente racial no importaba, comprendieron que el aprendizaje y uso de estos elementos para forzar una identidad mapuche anticapitalista era el mejor método.

No menor a este último respecto me parece destacar que la famosa “bandera mapuche” fue diseñada con estrella roja incluida apenas en 1991, tras un llamado del “Consejo Nacional de Todas las Tierras”, es decir performance pura.

Esto nos lleva a analizar otro concepto relevante, puesto que hasta el siempre agudo comentarista político Fernando Villegas comentó en un video que la única salida sensata –a su pesar- de este problema, era ceder alguna forma de autonomía territorial, pues bien, esto estaría lejísimos de solucionarse así, ya que su autonomía territorial no es de “tierras” propiamente tales, de hecho el mero ejercicio de fijar una frontera es un acto opresor, colonialista y burgués.

Un “territorio” es, siguiendo al filósofo Gilles Deleuze (cuya definición es la atingente al caso), tanto un ‘espacio’ como un ‘sistema’ que el sujeto revolucionario ocupa como hábitat o centro de operación y que implica su apropiación y que tiene capacidad de expandirse o moverse, por ende para estos grupos el territorio apropiado no puede delimitarse con fronteras burguesas ni regirse por leyes conocidas y reaccionarias.

Dicho de otro modo, para nosotros como contraparte se nos presentan tres problemas extra si tomamos esta vía: en primer lugar las personas que dejemos bajo la jurisdicción de estos grupos no tendrán ya ninguna seguridad de no ser gobernados de la forma en que los insurgentes saben administrar el poder, es decir fusil en mano; y mucho menos podrán dar un uso económico de sus recursos de acuerdo a las leyes de la propiedad privada y el intercambio libre, por ende dejaríamos a su suerte y con inocente pretensión de justicia a muchas personas bajo la tiranía de unos cuantos inestables violentistas en su performance de lonkos y machis y de los mercenarios que los secundan.

En segundo lugar nada sería más inútil que una delimitación o frontera con una zona autónoma mapuche, dicho límite jamás sería respetado y los pobres infelices que vivan al borde de ese brutal experimento “territorial” seguirían en constante amenaza, ni qué decir de quienes tengan que transitar esos caminos donde no habría, de forma literal, ni Dios ni ley, y de forma reconocida y legal, lo que sería peor.

En tercer lugar ceder autonomía “territorial” implicaría una derrota al orden político de Chile completo – no sólo político del Gobierno temporal de Piñera – sino a todo el esquema civilizatorio que nos sustenta, todo ello habría perdido validez en un segundo de aceptar tal nefasta idea.

Pero el tema no cierra aquí, y en esto seré quizás más apocalíptico, el drama se agrava en todos aquellos lugares donde la supuesta causa mapuche tiene resonancia, y lamento remitirme al ejemplo de Santiago, pero es indudable su relevancia y lo tengo más a mano.

Corre ya casi una semana del hecho de la muerte de Catrillanca en presumible combate contra Carabineros, y las manifestaciones ‘espontáneas’ han sido una tónica que no deja de demostrar el trasfondo del problema.

Esto va más allá de un rechazo a Piñera o a Carabineros, es una aceptación total y cabal del discurso de odio a todo lo “opresor”, es decir: Chile, su cristianismo, su sistema político, su sistema económico, su conformación social, absolutamente todo eso ha sido denostado y asumido como algo negativo para una cantidad no menor de personas de todos los rincones de Chile, así, pauteada o no por la izquierda política, que siempre saca tajadas de estos hechos, la demostración de ira social tiene eco en personas que viven cómodamente de nuestro sistema y que por ignorancia o presión social y cultural toman por cierta la ideología que nutre la insurrección, manifestando en redes sociales banales quejas de odio a Carabineros y Chadwick y ensalzando inocentemente una causa que de ningún modo racional les pertenece.

Otra muestra de esto es la aceptación de un minuto de silencio por Catrillanca en el Parlamento y en un partido de fútbol y la total indiferencia del asesinato de otro comunero este martes 20 de noviembre por defender su iglesia de los violentistas en teoría de su propio pueblo, pues para este peñi “reaccionario” no hay parafernalia ni honores, y nadie los exige.

Todo esto beneficia a una izquierda ‘antifascista’ y anarcocomunista que está localizada fuera de La Araucanía y de la que el Gobierno también debería perder el temor de hablar.

Durante las manifestaciones del día siguiente de la muerte del comunero quedó claro que la fuerza policial no da abasto a la organización radical y homicida de los insurrectos santiaguinos que se tomaron desde la Alameda al Parque Bustamante, con un nivel de violencia nunca antes visto y que hacía pensar que estamos al borde de experimentar un conflicto como el palestino, el irlandés, el vasco, el checheno o el de Chiapas, con un epicentro en una zona lejana, pero con directa intervención y hostilidades urbanas en la capital.

A nadie parece importarle que esos grupos que hoy sobrepasan a nuestras fuerzas policiales son tan radicales y están tan impunes que van a seguir subiendo la apuesta en sus demostraciones de fuerza, y a nadie pareció importarle el precedente que fue la batalla campal entre estos insurrectos y grupos evangélicos y nacionalistas el 27 de octubre en una marcha contra la ideología de género, el primer conflicto físico entre ciudadanos por lucha ideológica desde los años 70s.

Tras cada marcha Santiago amanece con rayados cada vez más violentos y amenazantes que silenciosamente se van cumpliendo mientras la progresía y sus tontos útiles ven amenazas en tibios movimientos de derecha.

Es la aceptación popular al alza de los insurrectos lo que agrava todo, ¿con qué fuerza puede el país tomar acción si su propia población simpatiza con el agresor que quiere destruir los cimientos donde ella misma vive?, este sentimiento autodestructivo de muchas personas, jóvenes en su mayoría en colegios y universidades, no puede ser entendido por la mera racionalidad, porque si somos fríos no hay nada racional que explique la adhesión del ciudadano de a pie a la barbarie que intenta destruir su propio ecosistema, nada tiene que ver el universitario con un parche de la falsa bandera mapuche con la identidad araucana en sí más que un porcentaje que todos tenemos de sangre y la culpa por ser chileno civilizado y de ciudad que es una culpa que se inculca doctrinaria e ideológicamente. Es puro discurso y es ese discurso el que hay que desmantelar.

Por cierto quiero ser bien claro e impopular (más aún) en algo, es completamente irrelevante en términos del proceso el hecho de que haya montajes o carabineros infiltrados, pues esto sería sólo un agravante del deterioro social, político, moral e ideológico del país y no cambia en nada el peligro al que nos enfrentamos que es contra todo nuestro orden y sistema social y económico.

Hoy si estos grupos – ya sea en Araucanía, Santiago o Concepción -, que se declaran a sí mismos en guerra contra nosotros, matan a cualquier elemento reaccionario, sea un policía, una autoridad, o un ciudadano cualquiera, a los pasivos, flojos y mediocres de análisis que se compran la victimización mapuche les va a dar lo mismo y pondrán un ‘me divierte’ a la respectiva noticia.

Por mi ubicación personal desde Santiago lo digo por Santiago – aunque lo extiendo al resto del país – abramos los ojos, La Araucanía empieza aquí.

*Juan Cristóbal Demian es Director Ejecutivo del Centro de Estudios Libertarios.